Aunque muchas personas se centran en reducir los rollitos del vientre por razones estéticas, la ciencia advierte que la grasa abdominal es también un riesgo para la salud metabólica: se asocia con problemas cardíacos, desregulación hormonal e inflamación crónica. Según estudios recientes, no basta con comer menos o entrenar más: hay al menos nueve factores clave que pueden sabotear tus esfuerzos. 

Uno de los factores menos considerados es la deficiencia de magnesio. Investigaciones de la Universidad de Harvard muestran que bajos niveles de este mineral están vinculados con insulina elevada y más acumulación de grasa central. Por otro lado, muchas rutinas de ejercicio no son lo bastante efectivas: entrenar solo con cardio tradicional no elimina tanto como un programa de alta intensidad (HIIT) combinado con entrenamiento de fuerza. 

El descanso también juega un papel enorme. Dormir menos de seis horas por noche altera las hormonas que regulan el apetito y el metabolismo, condicionando el almacenamiento de grasa. Al mismo tiempo, el estrés crónico eleva el cortisol, lo que favorece que la grasa se deposite en la zona abdominal. Además, hay otros enemigos menos obvios: el consumo frecuente de sodio, de bebidas azucaradas (incluso versiones “light”) y de alcohol están directamente relacionados con la retención de líquidos o el aumento de grasa central. 

También influyen los hábitos posturales y de musculatura: tener un core débil y mala postura puede hacer que el abdomen sobresalga, incluso si no hay tanta grasa visible. Y, por último, una dieta pobre en fibra limita la saciedad y ralentiza el metabolismo: estudios muestran que consumir entre 25 y 30 g de fibra soluble al día se asocia con menos grasa abdominal.

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